FIGURAS CONMEMORATIVAS



































































































































































































































































































































































































































" SARGENTO DE INFANTERÍA DE FELIPE IV " - España, 1630
|Historia|Modelado|Galería|Guía de Pintura|Formulario Pedidos|

Marco Histórico El Sargento en Los Tercios

MARCO HISTÓRICO

El 31 de marzo de 1621 y a la muerte de su padre, sube al trono de España Felipe IV a la edad de 16 años.

Niño aún, había depositado su confianza en D. Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, hombre trabajador y tenaz, osado y altivo. Su padre, D. Enrique de Guzmán había sido virrey de Sicilia y embajador en Roma. No fue Gaspar en su juventud sino un segundón de familia , el tercer hijo varón, e hizo sus estudios en la Universidad de Salamanca, pero por la muerte de sus dos hermanos mayores heredó el título condal, cambiando la Universidad por la Corte.

Fue nombrado por el duque de Lerma, valido de Felipe III, gentilhombre al servicio del heredero del trono, cuya voluntad supo captar rápidamente. Pretendió que se le concediese la grandeza de España. La negativa del duque de Lerma a sus pretensiones le hizo desde entonces guardarle un profundo rencor.


Escudo de Armas

En la fase inicial de su poder y secundado por el entusiasmo popular inició la sistemática persecución de cuantos se habían encumbrado en tiempos de Felipe III. Transcurridos solamente tres días desde la muerte de Felipe III ordenó la prisión del duque de Osuna, cuyo tren de vida escandalizaba al pueblo, junto a sus criados y protegidos, entre los que se encontraba Francisco de Quevedo. Fue acusado de dispendios inútiles y malversación de fondos. Murió en prisión tres años después. Días después el Duque de Uceda recibió orden de retirarse a su casa y allí fue apresado y trasladado al castillo de Torrejón de Velasco. Se le procesó por dilapidador, y se le condenó al pago de 20.000 ducados y al destierro de la corte durante 8 años.

El Duque de Lerma trató de evadirse del golpe que esperaba del de Olivares amparándose en su cargo cardenalicio, y aunque consiguió la libertad gracias a las presiones del papa Gregorio XV y del Colegio de Cardenales, se le sometió a juicio donde lo sentenciaron al pago de 72.000 ducados. El P. Luis de Aliaga, confesor de Felipe III e Inquisidor General, fue obligado en el mismo abril a encerrarse en el convento de Huete. Sin embargo, fue sobre el Marqués de Siete Iglesias, D. Rodrigo de Calderón, sobre quién recayeron más severamente las iras de D. Gaspar de Guzmán. Felipe IV a instancias de su valido lo hizo condenar a muerte, sentencia que sufrió con tanta entereza como valentía. Se ejecutó su sentencia en plaza pública, mostrándose tan sereno y altivo que el pueblo le prodigó demostraciones de piedad y simpatía. Este es el origen de la durante mucho tiempo célebre frase: "Tienes más orgullo que D. Rodrigo en la horca".

Ni que decir tiene que el de Olivares fue despidiendo de la Corte y de los puestos públicos que ocupaban a los parientes y a los amigos de los duques de Lerma y Uceda, reemplazándolas con sus propios familiares y allegados. Su ascenso al poder fue imparable, haciéndose rápidamente con las riendas del estado.


Felipe IV

A finales de 1621 se convocan Cortes Generales en las que se presentó un triste retrato del reino, de su despoblación y su pobreza, reproduciendo, agravadas, las quejas de otras Cortes celebradas desde los tiempos de Carlos I y Felipe II y pidiendo remedios análogos a los señalados anteriormente. Felipe IV y su valido crearon una "Junta de Reformación de Costumbres" a las que encomendaron que tomasen razón de los bienes de cuantos habían sido ministros desde 1592, indagando lo que poseían al tiempo de su nombramiento y lo que habían adquirido después para averiguar enriquecimientos ilícitos.

Mandóse, también, que, cuantos en adelante ocupasen cargos públicos de relevancia, presentasen un inventario comprobado y jurado de sus bienes, inventario que había de renovarse a la hora de su cese. El enriquecimiento fraudulento había de ser castigado con durísimas penas. Los recortes de puestos públicos se elevaron a un tercio del total y se eliminaron los impuestos para los nuevos matrimonios elevándose los de los solteros.

El programa de Olivares se resume en el manifiesto que dirigió al rey en 1625: las empresas europeas de España exigían unificar la nación, transformando en un riguroso cuerpo unitario los distintos reinos de la Monarquía. Sin un bloque político compacto era imposible ejercer por más tiempo un papel hegemónico.

A mediados de 1621 expiraba la tregua de doce años pactada con las Provincias Unidas de Holanda. Olivares se sumó al bando partidario de la guerra, provocando la alianza de los holandeses con los daneses y los protestantes de Alemania con los que las fuerzas hispano-austriacas llevaban años de enfrentamiento en la llamada Guerra de los Treinta Años. El Marqués de Spínola, que ostentaba el mando militar en Flandes inició la contienda con la toma de Juliers. De este período de lucha en los Países Bajos el hecho más sobresaliente, más por su interés anecdótico que por su importancia militar, fue la toma de la plaza fuerte de Breda en la confluencia de de los ríos Aa y Mark. Felipe IV envió un billete a Spínola con esta lacónica y famosa orden: "Marqués de Spínola: tomad Breda". El marqués la tomó, en efecto, el 5 de junio de 1626, después de diez meses de sitio. Lo que inmortalizó el sitio es el maravillosos cuadro de Velásquez, titulado "La rendición de Breda", también conocido por "Las Lanzas". Entretanto la escuadra de D. Fadrique de Toledo destrozó a una flota holandesa en aguas de Gibraltar, compuesta de treinta buques prosiguiendo posteriormente en aguas americanas derrotando a varias escuadras holandesas.

Mientras tanto, en Inglaterra, la ascensión al trono de Carlos I, hostil a España desde su frustrado intento de enlace con la Infanta María, supuso la entrada en guerra abierta de Inglaterra. Un intento de tomar Cádiz fue rechazado por el duque de Medina Sidonia, gobernador de Andalucía con fuertes pérdidas inglesas.

En 1630 el marqués de Spínola fue enviado a Italia para tomar parte en la guerra encubierta con Francia que allí se mantenía a causa del ducado de Mantua. Tras sucesivos cambios de generales en Flandes, con resultados no muy afortunados, se nombró en Madrid a un nuevo gobernador político y militar de Francia, el cardenal-infante D. Fernando, hermano de Fernando IV, que dio muestras de poseer unas brillantes cualidades militares. Llega a Flandes en 1634 en el momento en que Luis XIII de Francia declara la guerra a España.

Las relaciones hispano-francesas pueden simbolizarse en la rivalidad de sus respectivos ministros, Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares y Armando Du Plessis, cardenal Richelieu. Tanto Luis XIII como su ministro, sabían a Francia comprimida por todas partes por los avances de las dos ramas de la dinastía de los Habsburgo, y que cualquier ascenso de su país debía efectuarse a costa de España. Así pues la lucha no tardó en estallar en las diversas fronteras hispano-francesas. Se fraguó la "Liga de Avignon" con Francia, Saboya, Venecia y Holanda. El objetivo inicial fue la Valtellina, puerta de comunicación entre el Tirol austriaco y la Lombardía española. España se alió con Génova, Parma, Módena, Toscana y Lucca. La acción combinada de una poderosa escuadra española al mando del Marqués de Santa Cruz y del ejército aliado al mando del Duque de Feria no sólo anuló los éxitos iniciales de la Liga de Avignon, sino que se puso en amenaza cierta de tomar Turín, capital del Piamonte. Richelieu negoció a espaldas de Saboya y Venecia, firmándose la paz de Monzón el 5 de Mayo de 1626. Un gran éxito de las armas españolas que se liquidó con la protección española de la Valtellina.


D. Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares

Durante tres años, de 1626-1629 hubo una efímera alianza hispano-francesa contra Inglaterra. España prestó ayuda a Francia en el sitio de la Rochela. Por último en 1630 se firmó la paz con Inglaterra. Poco había de pasar sin embargo sin que estallara de nuevo la guerra. La sucesión al ducado de Mantua, con un pretendiente francés y otro auspiciado por Fernando de Austria fue el pretexto y, como era de esperar, Olivares se adhirió a este último partido. La represión de los hugonotes hizo pensar a Carlos Manuel, duque de Saboya, que el partido ganador sería el de los Habsburgo, asociándose con estos. El marqués de Spínola, que había abandonado Flandes para dirigir la guerra en Italia neutralizó los iniciales éxitos franceses entrando la guerra en un período de suerte alterna. A título de ejemplo la plaza de Casale pasó dos veces de manos de los españoles a los franceses y viceversa. Sin embargo una derrota sufrida por Felipe de Spínola, hijo del Marqués, provocó tan profunda pena al ilustre general que perdió el juicio y murió poco después. Su sucesor en el mando, el marqués de Santa Cruz, buen marino, pero no buen militar, fue obligado a entregar Casale. Se firmó un armisticio por el que se abandonó el Monferrato. Los sucesivos tratados de Casale, Ratisbona y Cherasco (30 de mayo de 1631) establecían que tanto los imperiales como los franceses se retirarían de Italia, si bien en poder de Francia quedaba la población de Pinerolo, plaza fuerte de gran valor estratégico por servir de paso entre Francia e Italia. El ducado de Mantua fue adjudicado al hijo del duque de Nevers, pretendiente auspiciado por Francia.


Armando Du Plessis, cardenal Richelieu

Entretanto, en Alemania, la participación de España en la Guerra de los Treinta Años no había cesado con la muerte de Felipe III. Tanto Felipe IV como su valido el conde-duque de Olivares, fieles a la tradición de los dos reinados anteriores, confirmaron por completo la alianza entre las dos ramas de los Habsburgo. En 1622 Gonzalo Fernández de Córdoba, al frente de las tropas españolas en Alemania tomó parte en la batalla de Höchst ganada por el general imperial Tilly a los protestantes conde de Mansfeld y cardenal Cristian de Brunswick. Rehechos estos últimos entraron en Flandes por Hainaut y volvieron a chocar con las fuerzas españolas de Gonzalo de Córdoba que obtuvo una resonante victoria en Fleurus. La derrota del monarca danés Cristian IV, que había entrado en Alemania en apoyo de sus correligionarios, a manos de Tilly, permitió firmar la paz de Lübeck (22 de marzo de 1629) beneficiosa para el bando imperial. Pero la entrada en acción del rey de Suecia, Gustavo Adolfo II, en junio de 1630 apoyado por Richelieu mediante un pacto de alianza y grandes auxilios pecuniarios, reanimó con fuerza la lucha. En socorro de las tropas imperiales pasaron fuerzas españolas de Lombardía que fueron destinadas a diferentes guarniciones. Gustavo Adolfo avanzó hacia el Rhin y Baviera mientras los sajones, aliados suyos avanzaron por Bohemia. Las guarniciones españolas fueron cayendo una tras otra tras valiente resistencia, sobresaliendo la de Oppenheim, que pereció heroicamente, y la de Frankentahl que resistió durante un año. Gustavo Adolfo murió en la batalla de Lutzen (16 de noviembre de 1632), con lo que la causa protestante sufrió una pérdida irreparable.

Las tropas suecas al mando de Bernardo de Sajonia-Weimar pronto tuvieron un desastre decisivo. El cardenal-infante don Fernando, que acababa de ser nombrado gobernador de Flandes, se presentó frente a la plaza de Nördlingen, donde las tropas imperiales habían puesto cerco a una división sueca. Acudieron en apoyo de ésta refuerzos suecos al mando de Bernardo de Sajonia-Weimar, y en las afueras de la ciudad se libró durante dos días, 5 y 6 de septiembre de 1634, una terrible batalla entre los hispanoaustriacos, secundados por tropas bávaras, y sus contrarios. En ella se cubrió de gloria la infantería española. Los hasta entonces victoriosos suecos sufrieron una derrota espantosa, con la pérdida de 20.000 muertos y un gran número de prisioneros, entre ellos el general sueco conde de Horn. Bernardo de Sajonia-Weimar pudo huir. Se distinguieron en esta acción el marqués de Leganés, el jefe del tercio de Lombardía, don Martín de Idiáquez, y el padre jesuita Camaza, que tenía el cargo de ingeniero general de las fuerzas españolas.

Mapa Descriptivo de la Guerra de los Treinta Años (1618-1629)
Mapa Descriptivo de la Guerra de los Treinta Años (1630-1632)
Mapa Descriptivo de la Guerra de los Treinta Años (1640-1648)

La batalla de Nördlingen y la subsiguiente paz de Praga (30 de mayo de 1635) invirtieron de nuevo la situación. Si Francia quería hundir las aspiraciones hegemónicas de España y del Imperio, tendría que intervenir directamente en la lucha con todas sus consecuencias. En 1635 Francia declaró la guerra a España. En su fase álgida el conflicto entre Francia y España iba a dirimirse en forma de lucha dramática entre Olivares y Richelieu. Las tropas francesas se pusieron en marcha hacia Flandes que, tras la derrota española de Avennes (30 de mayo de 1635), lograron unirse a las holandesas.

El Cardenal-Infante actuó entonces con un tino excepcional, manteniéndose a la defensiva hasta que las tropas francesas hubieron de retirarse de Flandes para hacer frente a los desastres que les afectaban en otros escenarios de la contienda. El general español Tomás de Saboya al frente de un ejército de más de 30.000 hombres invadió a su vez la Picardía. Sus avanzadas, constituidas por elementos mercenarios húngaros y croatas descendieron hasta cerca de Saint Denis, infundiendo la alarma en el mismo París. Pero como decidiera no atacar la capital francesa, retrocedió dejando sólo 3.000 hombres en Corbie, que luego hubieron de desistir, con gran heroísmo, un bloqueo de tres meses por parte de 40.000 franceses, logrando una capitulación muy honrosa.

La contraofensiva francesa en Picardía al mando del cardenal de La Valette logró la recuperación de Landrecy, La Chapelle y otras plazas; otro ejército, conducido por el mariscal de Chatillon, hizo lo propio en el Luxemburgo, y un tercero a las órdenes del duque de Longueville, ocupó parte del Franco Conadado.

En el Norte de Italia, las tropas españolas se vieron obligadas a abandonar la Valtellina y a renunciar al derecho de paso por el famoso valle (tratado de Milán de 1637). Entretanto, Federico Enrique de Nassau puso sitio a Breda que logró recuperar. En 1638, el mariscal Chatillon asedió la plaza de Saint Omer, pero fue rechazado por Tomás de Saboya. Ese mismo año, Luis XIII en persona y el mariscal Richelieu se hicieron dueños de Chatelet, en la frontera de Picardía. En 1639 el marqués de Falquières fue derrotado cerca de Thionville por los españoles, y estos a su vez perdieron varias plazas en el Artois. El año siguiente, el mariscal de Chatillon puso cerco a Arrás, que en vano quiso auxiliar el Cardenal-Infante; la ciudad, con honrosa capitulación para los sitiados, cae en poder de los franceses a principios de agosto. En abril de 1641, al morir el Cardenal-Infante, la barrera hispánica desde Flandes al Norte de Italia iba saltando en pedazos, mientras en los dominios peninsulares del Rey Católico ardía la revolución en Cataluña y Portugal.

El supremo esfuerzo de Olivares aceleró la pérdida de la hegemonía española en Europa e hirió gravemente la unidad de la monarquía hispana.

BIBLIOGRAFÍA

· La Guerra de los Treinta Años, Geoffrey Parker. Antonio Machado Libros

· Los Tercios, René Quatrefages. Ediciones Ejército.

· De Pavía a Rocroi, Julio Albi. Balkan Editores

· La Revolución militar, Geoffrey Parker. Alianza Editorial

· La Revolución militar moderna. El crisol español, René Quatrefages. Publicaciones de Defensa.

· El Conde-Duque de Olivares. J.H. Elliot. Mondadori

· Nördlingen 1634. Victoria decisiva de los Tercios. Eduardo de Mesa / Ángel García Pinto. Almena Editorial

· La Guerre de Trente Ans 1618-1648. Rousselot L. y Leparquois, J. Le Bivouac

EL SARGENTO EN LOS TERCIOS

El oficio del Sargento, es uno de los más necesarios que ay en la guerra; porque suele servir a tres cosas muy importantes, que son disciplinar los soldados, ejecutar muchas cosas pertenecientes a la ordenança, y administrar el gobierno de la compañia. A estas obligaciones cumplira con mucha dificultad, sino es que con la disposicion natural tenga una larga experiencia: y assi el Capitan a quien toca, con la aprobacion del Maestre de Campo, la eleccion, ha de elegir uno, que ademas de ser bien dispuesto de cuerpo, y de buen ingenio, aya servido mucho tiempo, y quando hubiesse servido de Cabo de Esquadra, fuera mucho mas idoneo para este oficio. El disciplinar pues los soldados, consiste en tres cosas; en enseñarlos a cuydar de si mismos, y de sus cosas, en acostumbrarlos a guardar las ordenes, y en enseñarles el modo de manejar qualquiera suerte de armas: de las dos primeras se dira mas largamente quando se trate de lo que le toca hazer en la ordenança, y gobierno de la compañia; de la tercera que es de manejar las armas, ya se dixo bastantemente en el capitulo del Soldado, solo diremos que aviendo de ser este propio cuydado del Sargento, es necesario que el sepa manejar toda suerte de armas, y que sea muy diligente en enseñar continuamente a los soldados de su compañia como han de llevarlas, y usar de ellas marchando, y combatiendo. El arma que suele llevar el Sargento es una alabarda; su oficio es executar algunas cosas pertenecientes a la ordenanza: y digo executar, porque a el no le toca resolver ninguna cosa, sino executar los mandatos de otros, ni tampoco le toca meter la mano en todas las cosas de la ordenança, sino en algunas mas acostumbradas, y ordinarias, de las cuales yremos discurriendo largamente. Haviendo de marchar el Capitan, o Alferez en la frente, es cuydado del Sargento de ordenarla, para lo cual ha de apartar los arcabuzes de los mosquetes, y dellos las picas, despues de divididos los mosquetes en hileras, y puestos los Cabos de Esquadra en la primera, ha de hazer que siga el Capitan, o Alferez, y después destos con la misma orden los arcabuzeros; luego ha de yr la bandera, y luego divididas las picas en hileras yguales a los mosquetes, y arcabuzeros, ha de hacer que marchen detras de la bandera, advirtiendo de poner en las primeras hileras los soldados mas particulares y los oficiales reformados; y particularmente en los cuernos de ella los soldados de mas merito, como en las demas hileras ha de observar la misma regla, poniendo los soldados mas dignos y mejor armados en los estremos dellas: advirtiendo q si después de aver hecho la ordenanza viniesse algú oficial reformado, u otro soldado particular para darle lugar, no ha de quitar nadie del puesto que ha tomado: porque no lo podra hazer sin dar algun disgusto.

Començandose después a marchar, el Sargento ha de hallarse en la vanguardia, y luego de andarse por la ordenanza, procurando que las hileras por las espaldas, y de lado, esten con igual distancia, la cual no se ha de alterar sino en ocasión de formar esquadron. Y paraque los soldadospuedan estar ma fácilmente con est orden, avise al que va en el medio, que siga siempre las pisadas del Capitan, y a los demas que que se mantengan con la misma distancia y postura, como tambien se ha dicho en el capitulo del Soldado. Y para que no sea menester cada vez que quiera ordenar su Compañia, gastar tiempo en señalar a cada uno su lugar, procure que cualquier soldado sepa su hilera, y en que puesto della ha de marchar.

Advierta tambien a sus soldados, que cuando buelve algun camino, vayan por el medio, no tomando la buelta, como suelen, con mucho rodeo, que haze mala vista y sirve de estorbo para formar el esquadron. Aviendo visto marchar su compañia, el Sargento antes que llegue a la plaça de armas para tomar la guarda, o formar el esquadron, ha de marchar a la cola; pero quando llegue a la plaça, ha de passarse luego en la vanguardia, adonde del Sargento mayor, o de sus ayudantes, ha de saber lo que se ha de hazer, y avisarlo después a su Capitan, repartiendose su compañía por el squadron, ha de meter las hileras donde le mandaren, ordenandolas y ajustandolas con diligencia; y desta suerte le es fuerça yr trabajando por toda la ordenança: porque a un buen Sargento quando forme el esquadron, nunca le faltara que hazer. Acabada la ordenança, ha de ver que puesto le toca a su Capitan, yra con el, y cuydara de aquella manga que el guiare, ajustando las hileras de ella: y començandose a marchar, ha de hallarse en la vanguarda; y luego passarse a la retroguarda, y quando se haga alto, ha de correr luego adelante para saber si ay alguna orden. Y tocando a su Capitan estar en el esquadron de picas, por cuya ocasión havra mas Sargentos en aquel puesto, entre ellos han de repartirse tantas hileras para cada uno, poniendose ellos a los lados del esquadron. Es menester tambien que cada uno de ellos haga mucha diligencia para que las hileras vayan ajustadas, y procurar que cada uno tenga su puesto, avisando a los soldados quando, y de que parte han de baxar las picas, y en la pelea faltando los soldados de las primeras hileras, el Sargento ha de hazer que se adelanten los de las segundas, con la orden que en el capitulo del soldado se explico trabjando siempre para haer que cada uno estè con la orden que huviere señalado: porque estando el Capitan delante del esquadron peleando, y el Alferez en el centro, con su bandera, queda el cuydado de conservar la ordenança toda en manos del Sargento: y puede se tambien decir, que està en su mano el dar, o perder la vitoria, y assi deven con toda diligencia y puntualidad mantener el esquadron ordenado. Asi mismo es cuydado del Sargento (como se dixo al principio) de administrar el govierno de la compañia; y dogo administrar, porque el no tiene autoridad de hazer fuera de algunas cosas ordinarias, sino lo que le mandare su Capitan, a quien como a los demas oficiales toca el resolver, y alterar lo que se acostumbra. Debe pues el Sargento tener una lista de todos los soladados d su compañia, repartida en esquadras; coocerlos de vista, y de nombre, y saber con que armas sirven. Ha de procurar que tengan buenas armas, y que tengan buen cuidado dellas: para lo cual cada guarda ha de reconocer si las tienen, y si estan pulidas; si las picas estan enteras, con buen yerro, y con su cabo. Si las cerpentinas de los mosquetes y arcabuces estan en orden; y si los soldados estan bien provehidos de municion. Convienele ser muy diligente en conocer como sirven sus soldados, reparar en todas las facciones que hazen, exortndolos, y animandolos a que sirvan con puntualidad y valor. En el marchar mire que los soldados de su manga no dexen la hilera, y que no se desmanden; para lo qual ha de estar con los ojos, y los pies listos para correr tras ellos, reprehendiendolos, y tambien castigandolos si se desmandan para hazer alguna vellaquería; porque es obligacion suya de llevar la manga, o compañia entera, no pudiendo el Capitan que va en la frente verlo todo.

Nota: El resto del capítulo dedicado al Sargento y los dedicados a los demás cargos del tercio pueden leerse en el libro Cargos y Preceptos Militares de Lelio Brancaccio en la página de la Biblioteca Virtual Cervantes http://www.cervantesvirtual.com/index.shtml

Juan José Torres Escobar (A.C.M.H. Alabarda - Mayo 2005)



|Historia|Modelado|Galería|Guía de Pintura|Formulario Pedidos|