FIGURAS CONMEMORATIVAS

" ALABARDERO DE FERNANDO VII " - España, 1825
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MARCO HISTÓRICO

Dos son las fuentes iconográficas en las que nos hemos basado para la realización de la figura.

Por un lado la obra de Manuel Giménez y Gonzalez “Colección de Modelos de las armas y de los trajes usados por las tropas de mar y de tierra desde la más remota antigüedad hasta nuestros días”, que se mantuvo inédita hasta que en 1982 fue publicada por el Ministerio de Defensa en una edición facsímil. En la lámina 123, correspondiente a las tropas de la Casa Real de Fernando VII, presenta estas figuras, la 6ª y 7ª de la lámina, que declara como Sargento y Guardia de alabarderos.

En el texto que acompaña a la lámina se lee:

“Restanos hablar de la compañía de Reales Guardia Alabarderos, en la que ocurrieron muy escasas variaciones durante este reinado; y por lo tanto subsistió con su anterior organización, la fuerza de siete oficiales, tres sargentos, diez y seis cabos y ciento veinte Alabarderos de la clase de sargentos veteranos del egército (sic), y con el uniforme de paño turquí con divisa grana y demás detalles que se advierten en las figuras 6ª y 7ª de esta lámina(10); debiendo a las condiciones especiales de este cuerpo y al servicio a que estaba destinado, su alejamiento de las cuestiones políticas y con el las ningunas alteraciones que sufriera."


Sargento y Guardia de Alabarderos de Fernando VII

(10) Reglamento del cuerpo – Archivo de la Casa Real

La otra fuente iconográfica es la conocida obra del Marqués de Zambrano “Colección de uniformes del ejército español”, que presenta una lámina totalmente dedicada al Real Cuerpo de Alabarderos.

La descripción del uniforme en 1825, y que se repite en los Estados Militares de 1825 a 1833, en que concluye el reinado es la siguiente:

“Casaca, capa y pantalón azul, con borceguí para el servicio diario; pantalón blanco para los días de gala; cuello y vueltas azul; solapas, forro y barras de la casaca encarnadas; galón de plata en las solapas, en el cuello y vueltas; sombrero con galón ancho de plata y del mismo en las capas; botón con el letrero de la compañía.

Lo primero que llama la atención es el bicornio, con el ala posterior de forma trapezoidal en la que se inscribe el ala anterior con el extremo redondeado y de una altura muy superior a la habitual en este cuerpo. Es de fieltro negro ribeteado de galón plateado, con escarapela roja sujeta por una larga presilla plateada que prácticamente recorre las tres cuartas partes de la altura del bicornio. La casaca es azul turquí, con la solapa, de corte recto, de color grana, de galón ancho de plata. Vueltas del mismo color y rematadas con flor de lis plateada.


Detalle del Bicornio

Tanto en Giménez y González como en Zambrano se representa a los guardias con el cuello y puños azules, mientras a los sargentos y oficiales se les representa con el cuello y puños grana. El tahalí, es el característico del Cuerpo, rojo ribeteado de galón plateado. El pantalón blanco, largo. Zapatos negros.

En ambas láminas se representa al alabardero con un escudo de distinción de forma circular en el antebrazo izquierdo. José Mª Bueno en su obra “Guardias Reales de España” indica que se trata de un disco blanco con una “F” y bajo ésta la cifra “VII”, todo rodeado de una corona de laurel en rojo, aunque desconocemos el fundamento de esta afirmación. En la reciente reconstrucción de este uniforme realizada por la Guardia Real y que fue exhibido en una exposición en Madrid, no presenta este escudo de distinción.


Cuerpo de Alabarderos


FERNANDO VII: " EL DESEADO "

Fernando VII, el Deseado, nació en El Escorial el 14 de octubre de 1784. Era el tercer hijo de Carlos IV y de María Luisa de Parma. Con la subida al Trono de su padre, en 1788, Fernando era reconocido como príncipe de Asturias por las Cortes.

El canónigo Escoiquiz, principal artífice de la Conspiración de El Escorial, fue durante varios años su preceptor quien le inculcó la desconfianza y un feroz odio a sus padres y a Godoy por manipularlos a su antojo. Su carácter se hizo frío, reservado e impasible a cualquier sentimiento.

En 1802 se casó con María Antonia de Nápoles. Con el tiempo, su esposa le tomó afecto y le hizo afirmar su personalidad. Tras el fallecimiento de la princesa, en 1806, Escoiquiz recuperó toda su influencia sobre Fernando, alentándole en sus conspiraciones, hasta que fue descubierto dando lugar al conocido proceso de El Escorial. Un par de meses más tarde, el Motín de Aranjuez provocó que Godoy fuese destituido y Carlos IV abdicara en su hijo. Así, Fernando VII comenzó a reinar el 19 de marzo de 1808 con la aclamación popular, que no veía en él a un mal hijo sino a una víctima más de Godoy.

En 1808, Napoleón Bonaparte convocó a Fernando VII en Bayona, donde estaba Carlos IV exiliado, para que renunciase a la Corona española. Napoleón nombró rey de España a su hermano José, que reinaría en España como José I hasta 1813, mientras tenía lugar la Guerra de la Independencia.

Durante la Guerra de la Independencia, el Consejo de Regencia reunió, en 1810, las Cortes en Cádiz y se declaró «único y legítimo rey de la nación española a don Fernando VII de Borbón», así como nula y sin efecto la cesión de la Corona a favor de Napoleón. Las derrotas de las tropas francesas, a manos de los españoles, llevaron a la firma del Tratado de Valençay el 11 de diciembre de 1813 por el que la Corona española era restaurada en la persona de Fernando.

Fernando VII regresó a España en 1814. Un grupo de diputados absolutistas le presentó el denominado Manifiesto de los Persas, en el que le aconsejaban la restauración del sistema absolutista y la derogación de la Constitución elaborada en las Cortes de Cádiz de 1812.


Fernando VII

En los primeros años de su gobierno tuvo lugar una depuración de afrancesados y liberales. Los pronunciamientos liberales del Ejército obligaron al Rey a jurar la Constitución, poniendo en marcha el llamado Trienio Liberal o Constitucional (1820-1823) donde se continuó la obra reformista iniciada en 1810: abolición de los privilegios de clase, señoríos, mayorazgos y la Inquisición, se preparó el Código Penal y volvió a estar vigente la Constitución de 1812.


Escudo Real

Desde 1822, toda esta política reformista tuvo su respuesta en una contrarrevolución surgida en la Corte, la denominada Regencia de Urgell, apoyada por elementos campesinos y, en el exterior, con la Santa Alianza que, desde el centro de Europa, defendía los derechos de los monarcas absolutos. Al año siguiente se iniciaría la llamada Década Ominosa que consolida el absolutismo como forma de gobierno, coincidiendo con la independencia de la mayoría de las colonias americanas.

El 7 de abril de 1823 entraron en España las tropas francesas mandadas por el Duque de Angulema, los Cien Mil Hijos de San Luis, a los que se sumaron tropas realistas españolas. Sin apenas oposición, el absolutismo fue restaurado.

La última etapa del reinado de Fernando VII fue de nuevo absolutista. Se suprimió nuevamente la Constitución y se restablecieron las instituciones existentes en enero de 1820, salvo la Inquisición. Los años finales del reinado se centraron en la cuestión sucesoria: a pesar de haber contraído matrimonio en cuatro ocasiones, sólo su última mujer le dio descendientes, dos niñas.

Desde 1713 estaba vigente la Ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres. En 1789, las Cortes aprobaron una Pragmática Sanción que la derogaba, pero ésta no fue publicada hasta 1830, cuando el Rey, en su cuarto matrimonio, con María Cristina de Borbón, esperaba un sucesor. Poco después, nació la princesa Isabel. En la Corte se formó entonces un grupo que defendía la candidatura al Trono del hermano del rey, Carlos María Isidro de Borbón, y negaba la legalidad de la Pragmática, publicada en 1830.

En 1832, durante una grave enfermedad del Rey, cortesanos carlistas convencieron al ministro Francisco Tadeo Calomarde para que Fernando VII firmara un Decreto derogatorio de la Pragmática, que dejaba otra vez en vigor la Ley Sálica. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno, dirigido por Francisco Cea Bermúdez, puso de nuevo en vigor la Pragmática, con lo que a la muerte del Rey, el 29 de septiembre de 1833, quedaba, como heredera, su primogénita Isabel, que reinaría con el nombre de Isabel II.


LA RESTAURACIÓN ABSOLUTISTA

 

A finales de Diciembre de 1921, el ex ministro de España ante la Santa Sede, Antonio Vargas Laguna, que el Gobierno liberal había dejado cesante, logra contactar secretamente con el rey Fernando VII, haciéndose eco de las reales quejas ante la corte de Nápoles, de donde partieron sugerencias e iniciativas de intervención ante las demás potencias europeas. Contestaron todas menos Inglaterra, y Alejandro I, Zar de Rusia, ofreció someter a discusión en el Congreso de Verona la problemática española.

El Congreso de Verona, celebrado el 30 de Octubre de 1922, deliberó sobre los problemas que podría acarrear la existencia en España de un gobierno tachado de revolucionario, y decidió la intervención armada, que se encargó a Francia, evidentemente por razones de proximidad. Sólo el duque de Wellington, en representación de Inglaterra se opuso a esta medida.

Por parte de las potencias europeas se enviaron notas diplomáticas al gobierno español, bastante impertinentes, que fueron leídas en las Cortes al mismo tiempo que las enérgicas contestaciones a que dieron lugar. Las Cortes se dirigieron al Rey, quien se dijo dispuesto a resistir a la intervención

Se pusieron de manifiesto inmediatamente la falta de recursos y preparación del ejército regular, así como la más que dudosa actitud de muchos de sus mandos, de la misma forma que la complacencia con la que grandes sectores de la población veían la intervención armada. Se crearon por todas partes unidades de voluntarios realistas, que se llamaban a sí mismos soldados de la fe, de donde nació el apelativo de “feotas” que recibieron de sus oponentes.

Ante la inminencia de la invasión, propuso el Gobierno el traslado de la corte a otra ciudad más alejada. Tras múltiples discusiones en las Cortes y la resistencia del monarca, pretextando motivos de salud, el 20 de marzo se inició la salida hacia Sevilla de la familia real.

El 7 de abril, sin previa declaración de guerra, antes bien con una proclama en la que el duque de Angulema manifestaba protestas de amistad a España, ofreciéndose a instaurar autoridades españolas, ondear banderas españolas y restaurar el nombre de Fernando, la religión, la propiedad y el orden, todo en interés de España, pasaron el Bidasoa 60.000 soldados franceses, en cinco cuerpos de ejército, que mandaban el duque de Regio, los condes de Monitor y de Bordesoulle, el príncipe de Hohenlohe y el mariscal Moncey, a los que se agregaron treinta mil voluntarios españoles a las ordenes del general Quesada y del conde de España, constituyendo el que se conoció desde entonces como el ejército de los 100.000 hijos de San Luis.

No encontrando oposición ni en San Sebastián ni en Pamplona, los invasores siguieron plácidamente su camino. Ballesteros se retiró a Valencia desde Aragón, mientras Morillo organizaba su ejército en Galicia. Y los Cien mil hijos de San Luis se acercaron a Somosierra y a los puertos del Guadarrama, que debía defender el conde de La Bisbal sin haber sostenido ningún combate de importancia.

Este jefe militar, al mando del ejército de Castilla, no se recató de dar a conocer su propósito de pactar con el enemigo. Sustituido por el marqués de Castelldosrius, se retiró el ejército de Castilla hacia Extremadura, dejando en Madrid al general Zayas con las fuerzas suficientes para el mantenimiento del orden, apresurándose este a capitular con los franceses de acuerdo con el Concejo de la Villa.

El Duque de Angulema, desde Alcobendas, dirigió una proclama anunciando que con la entrada de sus tropas en Madrid, y previa consulta con el Consejo de Castilla, nombraría una Regencia compuesta por los duques del Infantado y Montemar, del barón de Eroles, del obispo de Osma y de D. Alfonso Gómez Calderón, actuando como Secretario el que ya lo era del rey: D. Francisco Tadeo Calomarde. De la misma forma designó nuevo Ministerio. Nombramientos todos ellos no ajenos a Fernando VII.


 

Los franceses eran recibidos como libertadores. Ballesteros y Morillo capitularon sin resistencia. Mina ofreció alguna en Barcelona, donde quedó bloqueado. Las tropas de La Bisbal fueron derrotadas sin esfuerzo en Despeñaperros, llegando la noticia a la Corte, en Sevilla el 8 de junio.

Se planteó la conveniencia de trasladar la Corte a Cádiz, con la oposición del rey. Alcalá Galiano sentó la doctrina constitucional de que el rey no puede ser traidor, y como la respuesta del rey a las Cortes acusaba la intención de serlo, para conciliar esta contradicción dictaminó que las desgracias de la nación habían producido la enajenación mental del rey y propuso el nombramiento de una regencia provisional, hasta que, trasladado a Cádiz, cesara, como de seguro ocurriría, la alucinación del rey. Así se hizo. Se nombró la Regencia, los regentes con las Cortes y el soberano abandonaron Sevilla el día 12, llegando a San Fernando el día 15. Cesando la Regencia ese mismo día.

El 18 se reanudaron las sesiones en Cortes. Dominaban el escepticismo y la apatía. Nadie pensaba que fuera posible resistir a los franceses, que con un ejército intacto y con la ayuda creciente de los voluntarios realistas se acercaba a Cádiz. Al contrario que en 1812, ni se contaba con el apoyo del país, ni con la potente flota inglesa, ni los años de imprevisión y de mala administración permitirían mantener un largo sitio.

Entre los prisioneros que se hicieron por los realistas alzados en toda España, figuró el general Rafael de Riego. Nombrado segundo jefe de las fuerzas de Ballesteros, fue a Málaga desde Cádiz y de allí a Priego, donde dicho jefe se encontraba y cumplía la capitulación pactada con el general francés, conde de Molitor. Ante la imposibilidad de conseguir que las tropas no se acogieran a la capitulación, fue a Cartagena, donde se sostenía el general Torrijos. Derrotado por una columna francesa, sus tropas se dispersaron y fue capturado por voluntarios realistas en un cortijo de Arquillos donde se había refugiado. Fue conducido a Andujar y después a Madrid.


 

En la noche del 30 al 31 de agosto, las tropas francesas atacaron el Trocadero, uno de los fuertes de Cádiz, defendido con inútil heroísmo por el coronel Grases, que cayó gravemente herido. Cundió el desaliento en las filas españolas y se entablaron de inmediato negociaciones. El duque de Angulema, se negó a tratar con otra persona que no fuera el Rey, solo y libre, ofreciéndose entonces a solicitar a Su Majestad que concediese una amnistía general.

En tanto seguían las negociaciones proseguían los franceses con las operaciones militares. El domingo 21 de agosto cayó el castillo de Sancti-Petri. El 24 de septiembre intimó el de Angulema al gobernador de Cádiz, haciéndole responsable de la vida del rey y de cualquier tentativa de sacarle de la ciudad.

El martes 30 de septiembre el rey firmaba un decreto en el que decía, entre otras cosas:
“Declaro de mi libre y espontánea voluntad y prometo bajo la fe y seguridad de mi real palabra, que si la necesidad exigiere la alteración de las actuales instituciones políticas de la monarquía, adoptaré un gobierno que haga la felicidad completa de la nación, afianzando la seguridad personal, la propiedad y la libertad civil de los españoles”

Y después:
“De la misma manera prometo libre y espontáneamente, y he resuelto llevar y hacer llevar a efecto un olvido general completo y absoluto de todo lo pasado sin excepción alguna, para que de este modo se restablezcan entre todos los españoles la tranquilidad, la confianza y la unión tan necesarias para el bien común y que tanto anhela mi paternal corazón”.

El día 1º de Octubre, embarcado en una falúa fastuosamente engalanada, el rey y su familia abandonaron Cádiz, y conducidos por el almirante Valdés, pasaron al Puerto de Santa María, en donde el duque de Angulema les había preparado un espléndido recibimiento. Traicionando con el mayor descaro sus buenos propósitos del día anterior, Fernando VII emitió el famoso Decreto que anulaba todos los actos del gobierno constitucional.

Además por otro decreto condenó a muerte a los miembros de la Regencia que lo habían sido durante el simulacro de locura del rey. Por último se decretó la proscripción a quince leguas de la corte y reales sitios de cuantos hubieran ocupado cargos militares o políticos durante el régimen liberal.

Juan José Torres Escobar (A.C.M.H. Alabarda - Abril 2006)



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