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| Nota: Los
apuntes históricos del presente artículo son una
recopilación realizada sobre diversas fuentes. No he pretendido
hacer un estudio científico sobre la batalla de Rocroi,
solo he tratado de exponer de forma amena los acontecimientos
históricos que otros han abordado más empíricamente,
de manera que pueda servir como marco a mi trabajo modelístico.
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ROCROI - 19 de mayo de 1643
Durante
mucho tiempo la batalla de Rocroi ha sido considerada como el ocaso de
los tercios españoles, el momento en el que dejaron de ser el mejor
ejército del mundo. Sin embargo una visión mas actual ha
demostrado que pese a tan importante derrota los tercios aún mantuvieron
un alto grado de eficacia y operatividad, y su aportación militar
en las campañas contra Francia proporcionó algunas victorias
significativas, si bien es cierto que su esplendor y brillo nunca alcanzaron
cotas pasadas.
Un año antes de la batalla, el 26 de mayo de 1642, prácticamente
las mismas tropas que mandó el Capitán General Melo en Rocroi
habían derrotado al ejército francés en Honnecourt,
y posteriormente, el 23 de noviembre de 1643 un ejército imperial
aniquiló a otro galo en la batalla de Tuttlingen. Estos dos ejemplos
pueden ilustrar que en sí misma la batalla de Rocroi no tuvo un
peso decisivo en las operaciones militares. La derrota de los invencibles
tercios se produjo en el momento en que Francia tomaba protagonismo en
Europa de la mano de Luis XIV, al mismo tiempo que la hegemonía
española decaía. Por ello suele ser habitual tomar Rocroi
como punto de inflexión en los acontecimientos militares de la
época.


Es el año 1643. Francia y España está enfrentadas
por el dominio de Europa en el marco de lo que se ha denominado Guerra
de los Treinta Años. Por un lado España resiste ante el
empuje holandés y francés y por otro tiene que hacer frente
a revueltas en Cataluña y Portugal. A pesar de todo la agotada
maquinaria militar española soporta la presión ejercida
por todos sus enemigos.
El portugués Francisco de Melo es el capitán general de
los tercios de Flandes desde diciembre de 1641. Con el fín de aliviar
la presión que ejercían los franceses que apoyaban las revueltas
en Cataluña, diseñó una campaña militar para
atraer sobre sí a los ejércitos galos. Las tropas francesas
las manda Luis II de Borbón, Duque de Enghien, un joven de 21 años
y con escasa experiencia militar.
Melo y Enghien reunieron a sus respectivos ejércitos. El portugués
ordenó el sitio de la villa de Rocroi sita en lo que hoy es la
frontera franco-belga, y dirigió hacia el lugar a todas las tropas
disponibles, que fueron llegando y ocupando posiciones con vistas a un
inminente asalto. Mientras tanto Enghien, avisado de las intenciones españolas,
dirigió sus efectivos para romper el cerco de la ciudad y provocar
una batalla en campo abierto. Para hacerlo debía atravesar un desfiladero,
que Melo imprudentemente no ocupó, permitiendo a los franceses
tomar posiciones en la llanura con relativa facilidad. Quizás el
portugués pensó que Enghien solo quería dar socorro
a la plaza y no forzar la batalla en campo abierto. Lo cierto es que este
error fue decisivo en el transcurso de las operaciones posteriores.


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Franceses y españoles disponen de un número
similar de fuerzas. La presencia en las cercanías de un cuerpo
de ejército al mando del general barón de Beck podía
haber desequilibrado la balanza a favor de los imperiales, pero su
presencia fue tardía en el campo de batalla y no pudo aportar
nada, salvo recoger los restos del desastre.
El día 18 de mayo ambos ejércitos formaban en orden
de combate uno frente a otro. El general galo Gassión hizo
una tentativa fallida por socorrer la plaza. Al caer el día
el francés barón La Ferte también lo intentó
con la caballería. Enghien le ordenó volver rápidamente
viendo que quedaba el flanco izquierdo desguarnecido. Si Melo hubiera
tomado en ese momento la iniciativa podría haber puesto en
serios aprietos a los franceses, pero su inmovilidad pudo ser un
nuevo error a la lista de despropósitos de aquellas aciagas
jornadas.
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En las fuentes que he consultado se refleja la dificultad por conseguir
información veraz del despliegue de la infantería española.
¿Dos líneas? ¿Tres? ¿O cuatro?. Lo que si
es cierto es que los tercios españoles ocupaban la posición
más expuesta en la vanguardia, "privilegio" que tenían
por ser verdaderas tropas de élite y por el carácter orgulloso
de quienes las componían. El honor y la honra tenía casi
más valor que la propia vida. A tal punto se llegaba que oficiales
y tropa tenían auténticos conflictos por ver quienes eran
los que se pondrían al frente del tercio. Incluso estaba tipificado
un castigo para aquél que se saltara el orden de combate preestablecido.
Sin duda eran otros tiempos. Era de lo más frecuente ver a los
oficiales y a gente particular ocupar la primera línea con una
pica o un mosquete en la mano o encabezando el asalto a una brecha.
Los tercios españoles eran los de Velandia, Castellví,
Garcíes, Mercader (ex -Alburquerque) y Villalba. El nombre respondía
al del maestre de campo correspondiente. En posiciones menos expuestas
estaban los tres tercios italianos junto con uno borgoñón,
cuestión que tuvo su importancia como veremos más adelante.
Los tercios valones y alemanes formaban en la reserva. Estas eran las
tropas de infantería mandadas por el Conde de La Fontaine, hombre
anciano que tenía que moverse en el campo de batalla en silla de
manos por padecer gota.
El ala izquierda de la caballería imperial estaba mandada por
el Duque de Alburquerque y estaba integrada por los jinetes de flandes,
y el ala derecha por el Conde de Isemburg con escuadrones alsacianos.
La artillería la mandaba Don Alvaro de Melo, hermano del Capitán
General, y se reparte por el frente del despliegue español.
Los
franceses también se presentan con la caballería en las
alas como era habitual en la época. En el ala izquierda dos líneas
mandadas por La Ferté Senneterre y L'Hopital. En la derecha Gassion
y el propio duque de Enghien. En el centro la infantería forma
en dos líneas, la primera mandada por Espernan y la segunda por
Valliere. En reserva se situa Sirot con tropas mixtas de infantería
y caballería. La diferencia entre el planteamiento español
y francés es que este último intercalaba entre las unidades
de caballería a tropas de infantería, principalmente mosqueteros.
Esta táctica ya había sido introducida años atrás
por Gustavo Adolfo de Suecia con muy buenos resultados.
Durante la noche Melo ordena que 500 mosqueteros elegidos tomen posiciones
en una arboleda cercana situada a la izquierda del despliegue español,
con el fín de tomar alguna ventaja en el campo de batalla. En el
devenir de la batalla esta decisión no tuvo ningún peso
y los mosqueteros fueron sacrificados inutilmente.
Con las primeras luces del día 19 los franceses atacan con su
caballería el flanco izquierdo español. Son rechazados por
los de Flandes que manda Alburquerque y los escuadrones de caballería
se reagrupan al amparo de las unidades de mosqueteros que las acompañan.
Al mismo tiempo Enghien, que ha recibido noticias de la presencia de los
españoles en la arboleda cercana envía unidades que los
sorprenden y desalojan de sus posiciones.
Entre tanto una segunda línea de caballería francesa rodea
la arboleda tratando de sorprender a los jinetes de Alburquerque. El duque
realiza una contracarga pero se ve atrapado por el fuego de los mosqueteros
franceses que acompañan a la caballería y por los disparos
de las unidades que han tomado la arboleda. El resultado es que la caballería
española del ala izquierda se rompe y se deshace. 
En el ala izquierda La Ferte, sin autorización de Enghien, carga
con la caballería. Isemburg, viendo la maniobra envía a
sus jinetes que desarbolan el ataque francés. En su empuje la caballería
alsaciana arrolla algunas unidades francesas y toma varias piezas de artillería.
En este punto parece que los imperiales toman ventaja, pero los jinetes
de Alsacia se dedican al saqueo pese a las protestas de Insenburg. ¿Era
el instante para que la infantería española avanzara y decantara
la batalla a su favor? Es posible. Lo cierto es que La Fontaine no hizo
nada.
Volvemos a la izquierda del despliegue español. Enghien, después
de derrotar a Alburquerque, arroja a sus jinetes contra los tercios que
forman a la izquierda de la vanguardia española. Son los del Conde
de Villalba y Don Antonio de Velandia. El combate debió de ser
encarnizado. La prueba es que los dos maestres de campo citados anteriormente
perdieron la vida en este lance. Es posible que también La Fontaine
muriera en ese momento. En cualquier caso los tercios se mantuvieron firmes
y no cedieron la posición.
Hasta
ese instante la contienda está igualada. Y es cuando Enghien, con
una sorprendente maniobra desequilibra el combate del lado francés.
Reorganiza sus unidades de caballería del ala derecha y se lanza
contra los tercios de retaguardia valones y alemanes, los desorganiza
y los derrota. Aprovechando el éxito de la maniobra los jinetes
franceses sorprenden por la retaguardia a Isenburg, que de repente se
ve atacado por dos lados, ya que La Ferte ha reorganizado en la retaguardia
francesa a lo que queda de su caballería y la ha vuelto a lanzar
contra los alsacianos. El resultado es desastroso para los imperiales.
En poco tiempo lo único que queda firme son los tercios españoles
e italianos.
En una situación tan delicada los italianos comienzan a retirarse.
Según parece fue Melo quien dio la orden, aunque a los italianos
no les costó mucho obedecerla, ya que desde el comienzo de las
operaciones se habían sentido muy molestos por no haber formado
en vanguardia. Con sus banderas desplegadas abandonan a su suerte a los
tercios españoles que quedan solos en el campo de batalla.
Cinco
tercios es el único escollo que le queda por salvar a Enghien para
certificar su victoria. Pronto son rodeados por todo el ejército
francés, que se ceba en ellos diezmándolos poco a poco.
Haciendo un frente de picas la vieja infantería resiste con valor
y entereza. Durante dos largas horas los hombres se agrupan en torno a
sus banderas sabiendo que están solos en el campo de batalla. Rechazan
hasta tres cargas. La última resistencia es la del tercio de Mercader,
en esos momentos prisionero, mandado por su tambor mayor y que ha recogido
a los maestres de campo Garcíes y Casteví. Los franceses,
ante la tenacidad española, les ofrecen una rendición digna,
que finalmente es aceptada a cambio de que se respete la vida al puñado
de supervivientes y derecho de paso hasta Fuenterrabía. La única
forma que tuvo Enghien de sacar a los tercios del campo de batalla fue
ofreciéndoles una capitulación como si se tratara de una
fortaleza, tal era la determinación y coraje de aquellos hombres,
a pesar de que muchos de ellos estaban heridos, exhaustos y sin munición.
Las
bajas entre los imperiales se podrían cifrar en unos cuatro mil
muertos, la mayoría españoles, y entre dos mil y dos mil
quinientos prisioneros. En el bando francés hablaríamos
de unos dos mil quinientos muertos. Los que consiguieron escapar fueron
recogidos por el barón de Beck, que con su presencia consiguió
evitar la persecución de todas aquellas tropas dispersas.
Varias pueden ser las causas de la derrota española. Por un lado
quizás Melo infravaloró al ejército francés,
al cual había batido un año antes en Honnecourt, y no tomó
las decisiones acertadas para frenar el despliegue enemigo. También
se ha comentado la deficiente puesta en escena de la infantería
que diseñó La Fontaine y la falta de iniciativa en los momentos
clave. La caballería imperial luchó bravamente, Alburquerque
e Isemburg resultaron heridos, pero una cierta anarquía en su funcionamiento
provocó que se dispersara por el campo de batalla y no se reorganizara
en los momentos clave. Esto contrasta con el buen orden y disciplina de
los jinetes de Enghien, que después de las cargas rehacían
sus escuadrones, siendo de nuevo operativos. Sin duda las tropas más
sacrificadas fueron los tercios. Valones, alemanes y borgoñones
lucharon valientemente. Pero los que llevaron la peor parte fueron los
españoles.
Sea como fuere el mérito de la victoria la tiene Enghien, que
supo aprovechar los errores de sus rivales y, con una brillante maniobra
rodeando la retaguardia imperial desarboló al ejército de
Melo, dejándolo en una situación desastrosa. Hay algunas
fuentes que atribuyen a Gassión el mérito de esta maniobra,
pero la historia hasta el momento se la ha atribuido al entonces futuro
Condé.
Desde mi óptica de modelista y curioso de la historia poco más
puedo aportar sobre Rocroi después de revisar la escasa documentación
existente al respecto. Lo que si ha avivado mi imaginación de modelista
es la imagen de unos hombres aferrados a la honra, agrupados en torno
a sus enseñas, desangrándose poco a poco en medio de estallidos
y disparos. Parece el retrato de una España decadente y agotada,
atada a un pasado glorioso y pendiente de un futuro incierto. Los grandes
ejércitos también jalonan su historia con derrotas épicas.
Esa impresionante maquinaria militar que fue el tercio tuvo en Rocroi
su inevitable capítulo trágico y memorable a la vez.

 

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