El ejército de la Corona de España estaba compuesto por unidades de infantería española, italiana, borgoñona, valona, irlandesa y alemana. Los tercios de infantería española eran considerados como la élite por estar compuestos por hombres experimentados en el campo de batalla. Como se ha comentado anteriormente siempre que había una unidad española en el campo de batalla se le asignaba la posición más arriesgada y de mayor responsabilidad, lo cual generalmente entraba en conflicto con las unidades italianas, que exigían el mismo "privilegio". Una de las cualidades de los mandos era saber disponer acertadamente a las unidades sobre el campo de batalla con el fin de evitar suspicacias entre ellas. Aún así los problemas existieron.
El tercio también contaba con una plana mayor, compuesta por un maestre de campo que mandaba también una compañía y que tenía una guardia personal de ocho alabarderos, un sargento mayor con dos ayudantes, un capellán mayor y dos ordinarios, un auditor con dos alguaciles y un escribano, un capitán de campaña con cuatro hombres, un furriel mayor, un cirujano mayor, un doctor y un tambor mayor. El capitán era el responsable de la compañía. Normalmente era un hombre con amplia experiencia militar y que había ascendido por méritos propios en el escalafón. Cuando se creaba una nueva compañía reclutaba a los hombres y encargaba el diseño de la bandera. Se identificaba por llevar una banda roja cruzada desde el hombro derecho a la cadera izquierda. Su arma característica era la jineta. El alférez era el hombre de confianza del capitán y el encargado de portar la bandera, lo que constituía un alto honor y responsabilidad. En ausencia del capitán se hacía cargo de la compañía. Los sargentos velaban por el cumplimiento de la disciplina, entrenamiento e instrucción. También se ocupaban de una forma más cercana de los problemas y necesidades de la tropa. Debía conocer bien a los soldados y saber disponer de ellos en función de las cualidades de cada uno. El arma característica del sargento era la alabarda. El último en el escalafón de mandos de la compañía era el cabo, que se ocupaba de los reclutas, de los enfermos y del puesto de guardia. Quisiera hacer mención a lo que se denominaba "camaradas". Bajo esta denominación se agrupaban hombres que se repartían los quehaceres cotidianos y que fomentaban unos estrechos lazos de solidaridad entre ellos. Estas estructuras sociales dentro de la compañía acogían a los nuevos reclutas y los integraban, transmitiéndoles los valores que hacían de los tercios unidades militares altamente eficaces. Existía también la figura de lo que se denominaba "oficiales reformados", que no eran otra cosa que antiguos mandos (capitanes, alféreces, sargentos) que por motivos organizativos se habían quedado sin el mando en sus compañías. En teoría estaban relevados del servicio, aunque lo hacían para dar ejemplo. Eran miembros muy valorados dentro del tercio, por ser hombres muy experimentados en el combate, y que en situaciones puntuales podían asumir responsabilidades de mando. Como se dijo anteriormente el tercio contaba también con su propia plana mayor, siendo el Maestre de Campo su más alto representante. Era elegido por el Rey, y en algunos casos por el Capitán General. Tenía una guardia personal de ocho alabarderos y tomaba las decisiones disciplinarias y militares que afectaban directamente al tercio. El siguiente cargo en el escalafón era el Sargento Mayor, que era el segundo en el mando del tercio. Era nombrado por el Capitán General y se hacía cargo de la instrucción, desplazamiento y alojamiento de la tropa. Debía tener amplios conocimientos tácticos para poder disponer adecuadamente al tercio en orden de combate.
El Furriel Mayor auxiliaba al Sargento Mayor en todo lo referente al alojamiento del tercio, y tenía responsabilidad sobre los víveres, bagajes, munición, etc. El auditor y alguaciles velaban por el cumplimiento del orden y la ley en el tercio. Por último estaban el médico y el cirujano del tercio que se ocupaban del aspecto sanitario, si bien en cierto que en aquella época los servicios médicos militares no gozaban de buena reputación y medios.
Como he comentado anteriormente el tercio se componía de una serie de compañías, que en la teoría eran mayoritariamente de picas, aunque desde sus orígenes los españoles dieron gran importancia a las armas de fuego, en especial al arcabuz. El número de hombres con arcabuces y mosquetes en cada compañía fue aumentando con el discurrir del tiempo, pero el uso de la pica se mantuvo, aunque en menor medida. La pica era considerada como un arma noble y como piqueros se podía encontrar a la flor y nata del tercio. Si bien durante el siglo XVI no se cuestionó su uso, con el discurrir del XVII perdió importancia, en gran parte debido a la evolución imparable de las armas de fuego. De todas formas se siguió utilizando masivamente en formaciones cerradas hasta la aparición de la bayoneta en el siglo XVIII. Una buena formación de piqueros resultaba un escollo infranqueable para el enemigo, y había que recurrir a las armas de fuego para tratar de abrir brecha en una formación así. Entre los piqueros se podría distinguir a los coseletes y a las picas secas. Los coseletes estaban dotados de armaduras bastante completas que los protegían fuertemente de los ataques enemigos, por lo que ocupaban las posiciones más expuestas en la formación. Las picas secas no contaban con tanta protección, morrión y poco más, ocupando las filas posteriores. El uso de la pica requería de un periodo de instrucción para conocer todas las órdenes y movimientos utilizados, tanto para defensa como para ataque. Alemanes y suizos gozaban de gran reputación como piqueros. Arcabuces y mosquetes en sus primeros tiempos no estaban bien vistos ya que su uso en el campo de batalla permitía herir a distancia evitando los combates cuerpo a cuerpo, en los que hasta entonces se definía la calidad y valor de un soldado. Uno de los éxitos de los tercios españoles frente a sus enemigos fue el adoptar las armas de fuego en sus unidades y adaptar la estrategia militar en torno a ellas. Las mangas de arcabuceros eran formaciones móviles que podían operar en el campo de batalla con cierta autonomía, dotando al tercio de la flexibilidad de la que adolecían las compactas formaciones de piqueros. Los arcabuceros, cuando actuaban fuera de la formación del tercio, eran acompañados por piqueros armados de alabardas con el fin de protegerles en caso de un inopinado ataque de la caballería enemiga. Para estos casos la alabarda era más útil, permitiendo una mayor movilidad a su portador.
Los mosqueteros, al contrario que los arcabuceros, solían desplegar su potencia de fuego al amparo de las sólidas formaciones de piqueros o utilizando alguna protección que ofreciera el terreno. El mayor calibre de sus armas hacía más lento su movimiento en el campo de batalla. El considerable peso del mosquete requería de la utilización de una horquilla para apoyar el arma en el momento del disparo, pero con las mejoras técnicas y la reducción de peso consiguió deshacerse de tan molesto apéndice. A su favor tenían el poderoso efecto físico y moral que producían en las formaciones enemigas con sus descargas, pudiendo perforar las defensas contrarias. Durante el siglo XVII su uso se hizo cada vez más masivo hasta que sustituyó definitivamente al arcabuz. En sus primeros tiempos mosquetes y arcabuces utilizaban un sistema de disparo en el que un serpentín desplazaba una mecha encendida hasta la cazoleta donde estaba la pólvora, provocando la ignición. La carga del arma se hacía por la boca, prensando la pólvora con una baqueta de madera (hasta el siglo XVIII no se utilizaron las baquetas de metal) . En combate era uso frecuente que el infante se introdujera un par de balas en la boca para acelerar la maniobra de carga. La pólvora podía estar en los frascos colgados de la bandolera (llamados "los doce apóstoles") o en dos recipientes que se llevaban colgados, uno más grande para cargar el arma y otro más pequeño con la pólvora para cebarla. El riesgo que corría el soldado era grande, ya que se convertían en auténticos polvorines humanos, y no era infrecuente que durante el combate se produjeran explosiones que volaban literalmente a su portador. Existía otro mecanismo llamado de rueda que provocaba una chispa con la que se disparaba el arma, pero su escasa eficacia y delicado sistema lo hacían poco recomendable para mosquetes y arcabuces, siendo utilizado sobre todo para pistolas y armas de caza. La aparición de la llave de chispa marcó el futuro de las armas de fuego, generalizándose durante el siglo XVIII y teniendo vigor hasta mediados del XIX. Por último mencionar un arma inseparable para cualquier militar de la época: la espada. Se recomendaba que no fueran excesivamente largas para que su uso fuera más fácil en espacios reducidos, aunque en realidad hubo una gran variedad de tamaños y modelos. Era poco frecuente que los combates se resolvieran con ella, quedando, generalmente, su uso limitado a acciones puntuales, como asaltos, encamisadas, saqueos o en el desenlace final de una batalla, cuando las unidades derrotadas han perdido cohesión y son hostigadas por los vencedores. En conclusión, diría que la fuerza del tercio no residía en una única arma, sino que su verdadero secreto radicaba en una hábil combinación de todas ellas. Unas y otras se complementaban, y cuando se obtenía una combinación óptima bajo un mando capaz las posibilidades de éxito eran enormes.
|