Modelado original
54 mm.

La caida de Constantinopla

La caida de Constantinopla por los turcos el 29 de Mayo de 1453, es uno de los acontecimientos que tradicionalmente han simbolizado el fín de la Edad Media. Mehmet II, hijo de Murad II, que ya intentó en vano la toma de la ciudad, preparó no sólo un inmenso ejército de más de ochenta mil soldados, sino también una sorpresa que desconocían las inexpugnables y míticas murallas de la ciudad: la artillería pesada. Orbón, ingeniero húngaro, se ofreció al emperador Constantino, pero éste lo rechazó por sus altas pretensiones económicas. Mehmet no pensó lo mismo y le contrató. Éste, a cambio, le fundió los cañones que al final hicieron doblar la rodilla al coloso bizantino. Uno de estos, "el monstruo de Urbano", fué fundido en Andrinópolis y medía ventiseis pies, con una anchura en bronce de una cuarta. Necesitó sesenta bueyes y doscientos hombres, para su traslado en carro hasta la muralla de la ciudad, amén de ir preparando el terreno a su paso.

Por su parte Constantino, apenas disponía de ocho mil hombres capaces, para defender el inmenso perímetro amurallado de la ciudad, que en tiempos más gloriosos llegó a albergar a más de un millón de personas. Solo quedaba un hilo de esperanza: la ayuda de la cristiandad. Pero occidente hizo oidos sordos a la llamada de socorro, demasiado ensimismado en sus problemas propios y confió que las míticas murallas de la ciudad y el "fuego griego" salvarían a la ciudad una vez más.

Sin embargo sí llegaron algunos caballeros en defensa de la cristiandad, Mauricio Cattaneo, los hermanos Bocchinardi, y Giovanni Giustiniani, proveniente este último de una de las más poderosas casa de Génova emparentada incluso con los Doria, que llegó con setecientos soldados bien pertrechados y a quien Constantino puso al mando de las defensas, ya que era considerado como un experto en estas lides. Realizó un gran y heroico trabajo, dirijiendo la defensa, desbaratando las minas de los serbios con contraminas y repeliendo continuos ataques, pero Constantinopla tenía trazado su destino: El 29 de Mayo, los turcos consiguen abrir brecha en la puerta de San Romano y el sultán lanza a los jenízaros, sus tropas de élite, que acaban por entrar en la ciudad. Giustinianni es herido por una culebrina y sus hombres lo embarcan en una galera que consigue escapar, pero muere días más tarde a causa de las heridas. El emperador muere en san Romano, pero su cuerpo no aparece.

Constantinopla ha caido, desde entonces será Estambul.


El Modelado

Como base para nuestro trabajo, utilizamos el "hoplita" de 54mm de Andrea Miniaturas, porque en esa figura "veía" al gran soldado Genovés. Su postura y su "apostura", una bonita proporción y su estupenda cabeza me llevó a utilizarla en lugar de empezar la escultura desde cero. (además de ahorrarme unas cuantas horas de trabajo).

Lo primero fué desbastar la pieza a base de cuchilla, lima y minitaladro. Giramos ligeramente la cabeza y la hechamos hacia atrás un poco, para darle una pose mas desafiante y empezamos a barajar los pertrechos que le vamos a poner. En un principio le pienso colocar en la mano derecha un pendo , y en la derecha la espada dentro de la vaina.

Tras documentarme todo lo que pude y consultar con el maestro Augie, comenzé a modelar una armadura completa italiana de Milán del año 1450, que posiblemente portaría un condonntiero con posibles. Asíi que....¡a modelar!

En este caso utilizo la masilla de Andrea, que se adapta bien al trabajo de las placas de armadura y que voy realizando con tortas de masa, que dejo que "tiren", pero no que sequen. Luego las vamos cortando con un cutter, como si estuviésemos haciendo un patrón de moda; de esta manera vamos "acorazando" al genovés. Las piezas redondas las reforzamos con lámina de estaño para dar forma a las curvas.

Al día siguiente antes de comenzar cada sesión: ¡lija al canto!

La cara es un poco delgada para una persona que describen como "vientrudo", asi que con magic-sculpt le engordamos un poco los pómulos y le añadimos un poco de papada. Retocamos el pelo, para colgar algunos mechones por encima de la coraza. Le añadimos unas trenzillas en la barba, que rematamos con unas tiras finas de masilla para simular los lazos dorados a la moda bizantina.

Una vez concluida la armadura, llega la hora de decidirnos por los accesorios antes de hacer los guanteletes. Desechamos la idea original del pendón y colocamos en esa mano la espada que reconstruimos con la espada de un hospitalario (de Pegaso), lima y paciencia. La otra mano la cambiamos de posición para que sostenga un bacinete que previamente hemos modelado.La funda de la espada así como la alabarda, están hechas con plástico.

Colocamos al soldado en un taco de madera en el que hemos simulado unas losas y unos cascotes. Y ... ¡a pintar!


La pintura

Para la pintura, quise situar al personaje en el final de uno de los embites turcos contra las murallas. Había que representarle entonces con esa mezcla de fatiga máxima y la altaneria que da una victoria momentánea. Para crear esa atmósfera de sudor, sangre y polvo me decidí por matar los colores: metal, cuero y carne sobraban para dar ese contraste.

Para la carne, utilicé una mezcla "universal": carne medio + cuero rojo + uniforme inglés, con carne dorada para las subidas y beige + marrón chocolate para las sombras.

Para los metales seguí las pautas (lo mejor que pude) del fabuloso artículo del maestro Augie, que sobre las lacas de Gunze Sangyo, tiene publicado aquí en Lilliput, y que por cierto es una técnica divertidísima de trabajar.

Para el pantalón decidí dar un poco de color con rojo mate + magenta, subiéndolo con carne dorada y sombreando con negro.

Para los cueros utilicé negro mate + negro brillante + naranja intenso.

Y para el terreno, colores arenosos: ocres, amarillos..., incluso unos toques con pastel.

Todos los colores Acrilicos Vallejo.

 

 

Y esto es todo amigos ....Hasta la próxima.


Bibliografía:

Un imprescindible: La caída de Constantinopla, de Steven Runciman.

Un Osprey: Campaign 78. Constantinople 1453.
Una novela: El angel sombrio, de Mika Waltari.

 


© César de la Peña. Abril 2003