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Hay que remontarse a los comienzos del siglo XII para encontrar
los primeros antecedentes de la Santa Hermandad, concretamente en
Asturias, en 1115 a iniciativa de sus diputaciones se constituye
una Hermandad para la persecución de malhechores y, de paso,
poner fin "a las depredaciones, abusos y tropelías de los próceres
y magnates".
Los titulares de los distintos reinos, con el paso del tiempo,
concedieron y aumentaron los fueros de estas Hermandades de
carácter local, como recurso para aumentar su autoridad, al
tiempo que restaban de esta forma poder y atribuciones a las
Órdenes militares y a la nobleza.
Para mantener la unidad de criterios y doctrina, se celebró en
Valladolid, en 1295, una Junta de Procuradores de las Hermandades del reino
de León, acordándose en ella lo siguiente: el pago al rey de las contribuciones
en la forma usual; si alcaldes, merinos y señores feudales quebrantaban los
fueros, los "hermanos" se unirían para defenderse; si las sentencias no eran
justas y los fueros de la Hermandad quedaban lesionados, se reservaba el
derecho de querella contra aquellos ante el Consejo, que recurriría ante
el rey para revocación y nueva sentencia, con pago de gastos del fondo de
bienes propios; si algún infanzón, "rico home" o eclesiástico se apoderase
violentamente de bienes ajenos, bien la Hermandad o el Concejo, se
levantarían contra él "para derribar su casa y talar sus bosques"; cuando
algún señor feudal matase sin motivo a un miembro de la Hermandad sujeto a
fuero, todos los Concejos se levantarían contra él, destruyendo sus
propiedades y quitándole la vida "allí donde lo encontraren"; igual pena
recibiría el juez que, sin previo juicio, condenase excesivamente a
cualquier persona que con "carta del Rey" aplicase la justicia en beneficio
propio, o exigiere impuestos abusivos.
En las Cortes de Toro, el 1 de diciembre de 1369, aparece por primera vez el
cargo de juez y después la formación del tribunal propio de la Santa Hermandad,
reconocimiento real y oficial de un hecho ya consolidado, y consecuencia directa
de la presencia en los juicios de los dos "homes bonos" elegidos por Fernando IV
para la administración de la Justicia. Dichos jueces y tribunal sólo juzgarían y
condenarían a los delincuentes capturados por los miembros de la Hermandad,
relevando a los cuadrilleros o jefes militares, responsables hasta entonces de
dicha función, una vez obtenida la confesión de culpabilidad.
Cargos tan tradicionales como los de merino, adelantado y pertiguero, se
desempeñarían por personas que, aparte de su competencia y honestidad personal
ya probada, tenían que depositar en la tesorería de la Hermandad veinte mil
maravedís de fianza, "para responder de sus excesos".
Durante el reinado de Juan II, de dio un impulso a la Hermandad de Toledo
con la regulación de la forma de nombramiento de los alguaciles mayores y
los cuadrilleros escogidos entre los "homes bonos" de Toledo y la forma en
que debían desarrollarse las juntas generales, compuestas por doce hombres
de a caballo y veintisiete de a pie, cinco cuadrilleros y tres ballesteros
por cuadrilla. Todo hombre de a caballo, especie de fortaleza animada,
llevaba para su servicio un lancero y un ballestero. La Hermandad daba de
sus propios fondos ciento veinte maravedís a cada hombre de a caballo y
veinte sueldos a cada cuadrillero en concepto de plus o sobrepaga, pues
el estipendio ordinario era por cuenta de los pueblos a los que se les
prestaban los servicios. Las juntas generales tuvieron lugar anualmente
en Toledo, el día de la Virgen de Agosto, previa reunión de sus junteros,
tres días antes, en la posada de Valdelagua.
Son los Reyes Católicos los que crearon la Santa Hermandad Nueva, cuya
existencia de 1476 a 1498, marcó el comienzo del Ejército Real que en los años
siguientes asombró en los campos de Europa. Ésta constituyó un eficaz instrumento
en manos de los Reyes Católicos contribuyendo al fortalecimiento de la autoridad
real y al mantenimiento de la justicia y el orden público, llegando su poder
hasta el último rincón del reino. No hay duda de que los Reyes Católicos,
personajes con un espíritu mucho más elevado que sus antecesores, tuvieron una
visión muy diferente y supieron ensamblar la acción policial con la militar,
apoyarse decididamente en el pueblo, darles efectiva protección y reducir al
mínimo las ambiciones y poder de la nobleza. Nuevos conceptos y nuevas ideas
precursoras, a fin de cuentas, del Renacimiento a punto de hacer su entrada
en la historia. Alonso de Quintanilla, contador mayor de cuentas del Reino,
en quién los Reyes Católicos confiaron la reorganización de la Santa Hermandad,
y como resultado de la junta general de la misma, celebrada el 15 de Enero de 1488,
organizó levas cuya fuerza se elevó á diez mil infantes, y entre ellos se eligieron
trescientos espingarderos y setecientos piqueros. Se dividió este cuerpo en doce
capitanías. Al propio tiempo, y a solicitud de D. Fernando y Doña Isabel, el 15 de
octubre, la Hermandad de Vizcaya organizó otra fuerza compuesta de dos mil quinientos
peones "encorazados", con armaduras de cabeza, con lanza y espada; y de dos mil
quinientos ballesteros con sus aparejos, espada y puñal.
No dependía este ejército enteramente del gobierno, debido a sus fueros, pero
nada tenia que ver con los prelados, ni con la gran nobleza, dotando a los
Reyes de una superioridad decidida sobre las clases privilegiadas. Cada
compañía constaba de setecientos veinte lanceros, ochenta espingarderos,
veinte y cuatro cuadrilleros, ocho atambores, y un abanderado, contando
cada compañía con 833 plazas. Había además un capitán general, un alcaide
, un contador y un tesorero que junto con las plazas de las 12 compañías
constituían las 10.000 plazas aprobadas. Los cuadrilleros, cabos de
escuadra, tenían á su cargo, como subalternos de los capitanes, la
instrucción, policía y disciplina , tanto en los aposentos y campos como
en las marchas y orden de combate.
Las capitanías, tan pronto obraban aisladamente, tan pronto en combinación
unas con otras. En este último caso, á la reunión de cierto número de
ellas colocadas en línea al mando de un caudillo, se le daba el nombre
de batalla, la cual se componía á veces de infantería solamente, y otras
de caballería, si bien entraban por lo regular en su constitución tropas
de ambas armas.
El traje de los soldados de la Hermandad era muy sencillo. Consistía en calzas
de paño encarnado, en un sayo de lana blanca con manga ancha, y una cruz roja en
el pecho y espalda; cubrían la cabeza con un casco de hierro batido, pero ligero,
y su armamento se reducía a la lanza y a la espada pendiente del talabarte.
La figura número 1 de la adjunta lámina representa un Alférez con su enseña. La
número 2 es un Tambor o Atabalero , y el número 3 un Lancero.
No se conservan banderas de la Santa Hermandad, aunque
Clonard afirma haber visto dibujos de ella.
Lámina 1 - Alférez, Tambor o Atabalero, Lancero
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